La enseñanza de la Liturgia de hoy es muy clara. Los empleados somos nosotros; los talentos son las condiciones con que Dios nos ha dotado al crearnos: inteligencia, capacidad de amar, salud, bienes temporales... El tiempo que dura el viaje del Señor hasta su regreso es nuestra vida terrena; el banquete es el Cielo. En su infinita condescendencia el Señor nos ha confiado unos bienes con los que debemos negociar. Pero mientras unos trabajan alegre y generosamente en la tarea encomendada, otros se inhiben esgrimiendo razones que el Señor desaprueba. ¿Por qué es castigado el empleado negligente si no malgastó viciosamente el dinero y devolvió íntegro el talento recibido? Justamente por eso, porque se limitó a conservarlo. No lo perdió, pero no lo hizo fructificar. Fue condenado por un pecado de omisión. El siervo perezoso es la viva imagen del cristiano que cuando es urgido a una vida de piedad más intensa; a comprometerse en la empresa de la evangelización; a aliviar el peso de la pobreza, se evade y tranquiliza su conciencia diciéndose: “yo no soy malo, no extorsiono a nadie, no hago daño”. Aparte de que un examen de conciencia más atento pondría de manifiesto pequeñas o grandes mentiras, críticas y murmuraciones, envidias, rencores y malos tratos, esas personas no reparan en que existen también omisiones graves, cosas que deberían haberse hecho o dicho y que no se hicieron o dijeron, que es, justamente, lo que el Señor condena en esta parábola. No se hace, tal vez, nada malo, pero tampoco hay un empeño sostenido en favor de la familia, de la vida, la educación, la cultura, la justicia social... tan necesitadas de apoyo siempre.
Este evangelio es un llamado a vencer la pereza de la propia vida y a cambiar el esquema justificativo de no hacer nada. No cabe duda que la Argentina es el resultado de una tierra de muchos dones y talentos, malgastada por la negligencia de los que aquí vivimos. Cuantos dones a dado Dios a nuestra tierra y cuanto la hemos expoliado para interés sectoriales sin tener y lograr una patria grande. Este país podría ser una verdadera potencia global y hoy nos encontramos en el furgón de cola de muchos iguales a nosotros. ¿Cuál es la causa? La comodidad individualista de nuestra cosmovisión cultural. No sé dónde ni de qué manera, pero el individualismo argentino es parecido al cómodo trabajador que recibió un talento, lo ocultó, lo enterró y se dedicó a perder el tiempo. Por ello surge la pregunta ¿dónde están los mejores? Los que tienen talentos no se notan, los que han sido cualificados por sus capacidades han perdido presencia, hemos perdido capacidad de influir como cristianos en los diversos ambientes sociales. Un campo especifico como son las leyes a nivel nacional (fecundación artificial, fabricación y descarte de embriones, posibilidad del aborto) muestra hasta qué punto hemos perdido conciencia del valor de la verdad y la vida. Descendamos al plano personal: ¿en mi hogar, en el lugar de trabajo, en mis relaciones sociales, en mi parroquia, hago fructificar los talentos de inteligencia, salud, simpatía, imaginación, de posibilidades económicas, de gestión e influencia, etcétera, que Dios me ha concedido, o entierro todo eso en el agujero de la desidia? ¿Procuro influir a través de mis contactos profesionales y de todo signo en esos organismos desde los que se puede promover con más extensión y hondura los valores cristianos de la familia, la educación, la defensa de la vida, el derecho, y tantas cuestiones más que precisan ayuda? ¡Hay tanta necesidad a nuestro alrededor, que enterrar nuestros talentos, inhibirse de los problemas, es una impostura y algo que desagrada profundamente a Dios!